Relatos

Recetas Magicas III: Para cuando el cielo llora | Relato.

Esto ya es mas relato y menos receta. Sigo viva aunque no parezca. A lo que me traje yo, porque lo que hago aquí no es culpa de Chencha.

Para cuando el cielo llora

«Acaso quieres envenenarme», te preguntó mirándote desde el suelo con la sonrisa en los ojos y el lodo manchando su mejilla. Habían estado recogiendo champiñones y setas para la cena. La humedad del bosque era perfecta en esas épocas del año. 

Lo miraste con una mueca entre divertida y resignada, sus comentarios sobre la muerte eran habituales. Poco a poco te habías acostumbrado a escucharlo hablar sobre fantasmas en el baño, susurros entre los árboles y cadáveres bajo tierra. 

Con un movimiento de la mano rozaste sus cabellos, esperando que se pusiera de pie. Sí habías tomado un par de hongos no comestibles ¿y qué?, serían una buena decoración para el terrario que deseabas construir. Le diste vueltas entre las manos al pequeño tallo preguntándote si sería uno de esos que podrías comer y alucinar. 

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Recetas Mágicas II | Para sentirte en casa

Hijole amigos la receta de este mes estuvo bien difícil, quedo un poco menos relato y um poco más receta. Pero es lo que hay y como sale. Además es en un hilo de ideas muy cotidiano y es algo de lo que disfruto mucho escribir. Porque en el día a día también existe la magia.

Me avisan cual de los dos formatos les gusta más si el primero o este aunque me veo venir la respuesta igual la quiero confirmar. Tengan en cuenta que aún ando descifrando como van a ser estas recetas y que unas son mas complicadas que otras pero aun así aquí voy:

Para sentirte en casa

Estás cansada, se suponía esta vez tendrías la oportunidad de recostarte hasta que comenzara a dolerte la espalda, pero no fue así. Te pesa el alma tanto como las piernas. Arrastrando los tenis desgastados por el uso diario llegas a la cocina y sólo piensas en que extrañas a tu roomie. Él siempre hacía té cuando veía que no podías más. 

Pero no están, ni él, ni la abuela, ni tu madre sólo tú rumiando en la alacena y en las manos el bote de pimienta con limón te pesa. Suspiras. Lo dejas en su lugar y rebuscas hasta dar con el achiote que ha quedado al fondo. 

Quieres recordar lo que es estar en casa. Abres la cajita para ver si aun sirve, le encajas un dedo que se hunde en la pasta rojiza y sonríes ante la textura suave y arcillosa. Antes lo comías a cucharadas y la boca te quedaba colorada. 

Bajas de la silla en que te habías subido con el pensamiento de que, si fueras vieja jamás habrías podido subirte ahí para meter la cabeza en la alacena que cuelga sobre la estufa. Una vez abajo haces un repaso mental de las cosas que necesitas. Sabes que te falta, así que tomas las llaves y sale a la calles buscando pollo en lugar de amor. 

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