Relatos

Recetas Magicas III: Para cuando el cielo llora | Relato.

Esto ya es mas relato y menos receta. Sigo viva aunque no parezca. A lo que me traje yo, porque lo que hago aquí no es culpa de Chencha.

Para cuando el cielo llora

«Acaso quieres envenenarme», te preguntó mirándote desde el suelo con la sonrisa en los ojos y el lodo manchando su mejilla. Habían estado recogiendo champiñones y setas para la cena. La humedad del bosque era perfecta en esas épocas del año. 

Lo miraste con una mueca entre divertida y resignada, sus comentarios sobre la muerte eran habituales. Poco a poco te habías acostumbrado a escucharlo hablar sobre fantasmas en el baño, susurros entre los árboles y cadáveres bajo tierra. 

Con un movimiento de la mano rozaste sus cabellos, esperando que se pusiera de pie. Sí habías tomado un par de hongos no comestibles ¿y qué?, serían una buena decoración para el terrario que deseabas construir. Le diste vueltas entre las manos al pequeño tallo preguntándote si sería uno de esos que podrías comer y alucinar. 

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Relatos

Recetas Mágicas I: Para calentar el corazón | Relato

El año pasado le comente a Lunako, una amiga, que deseaba compartir una serie de recetas enseñadas por mi abuela -la muerta-, mi mamá y otras aprendidas por ahí acompañadas de un relato. Este formato de compartir una receta junto a un relato no es inusual, pero lo que vengo a presentar si es un poco menos común: relatar una receta. No su origen, si no su elaboración, y si puedo con mágia.

Mi meta es que solo quien lea con atención será capaz de recrear la receta en casa. Publicaré una cada día siete mes, así al final del año cuando llegue diciembre tendremos doce relatos/recetas y los compilare, mi intención es que al final todos sean ilustrados en acuarela por mi amigo Saiyuu que hace unas cosas divinas chequen.

Pero cuando eso pase si alguien quiere tenerlas lo subiré a Lektu o alguna madre así, si lo quieren ilustrado… pues ya nos ponemos de acuerdo cuando eso pase, supongo primero toca sobrevivir el año.

Para calentar el corazón

El patio estaba oscuro, era una noche sin luna. Las estrellas destellaban sobre sus figuras mientras la mujer anciana movía la cabeza al compás de una melodía inexistente, detrás de ella, una niña sonreía a las luciérnagas. 

De la mano, caminaban hacia los matorrales aromáticos que crecen al fondo del patio entre piedras sueltas y tierra roja. Las observas sentado junto a una ventana. Cuando vuelven de su expedición con hierbas en mano, abren la puerta dejando entrar una ráfaga de aire frío que te atiza desde la puerta rompiendo tu calidez.   

Te cuelas en la cocina detrás de ellas escuchándolas hablar. La niña pregunta a su abuela si puede comer un trozo del chocolate de mesa con que harán el brebaje de esa noche y ella sonríe mientras le parte un pedazo con la navaja que siempre carga en su delantal. 

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