Las viejitas

Todo ella era veneno | Relato Extra

Bueno, les cuento. Mi amiga Carly ¡sí la de mis retos! se junto con otra persona para organizar un fanzine llamado “Verde y Plata” con convocatoria abierta donde buscaban relatos con personajes de moral dudosa. Y caí tentada, además ¿Cómo no voy a participar en algo que organiza una chica que me apoya tanto? (y además me grita que participe) pues ahí fui.

Mi relato no fue seleccionado por las jueces. ¿por qué? quien sabe. Tal vez fue más negro que gris. Pero se los dejo, no es un relato para reconfortar el alma, así que no se si decir disfrútenlo o no…

Todo ella era veneno

La quiso tanto como la odió. Fantaseaba con hacerla callar, de la forma que fuera. Se imaginaba el cuchillo hundiéndose de golpe en su carne grasienta, retorciéndolo hasta tocar los nervios que la harían enmudecer. 

Pero es que ya estaba harta de escuchar las mismas cosas una y otra vez, de que no tuviese consideración por todo lo que hacía como si fuese su obligación, como si le pagaran por soportarla cuando no era así. Porque lo hacía por amor, cariño y remanentes de sus años lúcidos. 

Odiaba su ingratitud y su voz. Su simple presencia era intoxicante; el perfume dulzón que insistía en ponerse por las mañanas, el aroma a orines y vejez le roía la nariz como una nube tóxica. Todo ella era veneno. Mordía y escupía su ponzoña como una serpiente día y noche, impregnándola por dentro. Y aún así, aún así seguía ahí. Con la cara interna de las mejillas destrozadas de tanto morder, con la bilis fermentando en el estómago y las manos convertidas en puños perpetuos. 

Aún así, la cuida. Limpia el piso que mancha cuando no llega al baño, recoge lo que se le cae al piso y lo devuelve con una sonrisa. Le cocina, la baña y ayuda a vestirse por las mañanas mientras tararea. 

Le sonríe condescendiente; a veces se le sale la acidez. Si alguien pregunta, todo está bien. La quiere. Aún puede. No espera nada a cambio. Y, día a día se agota. Las nubes negras del cansancio, el fastidio y el asco se posan cada vez más bajas sobre su corazón.

Pero sólo hace falta una imagen fugaz de sus manos cerrándose alrededor de su cuello para hacerle respirar mejor. Son las ilusiones, las fantasías de hacerle daño lo único que la mantienen a su lado. Sonriéndole. Cuidándole. Evitándole la vergüenza de que alguien más vea en que se ha convertido esa mujer mandona y orgullosa. 

La mente muere, la carne enferma y los hijos olvidan quien les dio la vida. A los débiles les incomoda la visión del ocaso de la existencia humana; salen corriendo ante la realidad de ver cómo alguien amado se pierde en sus propios mundos pasados e inventados y se olvida del presente. 

Ella sabe que no es su culpa, es del tiempo. Por eso sigue, ahí cumpliendo el papel que pocos se atreven a cargar sobre sus hombros. Es uno de esos seres que no reciben nunca el crédito, a los que se le exige dejarse la piel, las risas y los mejores años de su vida por hacer que los últimos de otra sean dignos… humanos.

 Mientras le calienta el vaso de leche, le arregla las sábanas y da las buenas noches, suspira recordando que la quiere. En la soledad de su alcoba se sentirá culpable por desear que muera pronto, por imaginarse siendo ella quien ciega su vida y su voz. Llorará abatida por la carga que ha escogido llevar sin deberla. 

Enfurecerá por los desprecios vividos en el día, los gritos y los desplantes. La ingratitud de quienes deberían ocupar ese lugar le carcomerá las entrañas porque no son capaces ni de llamar para decir «gracias», y se recordará, como un mantra, que todo está bien, que aún puede, que la quiere. 

Se gritará hasta que se lo crea y pueda seguir; que así es la vida de un cuidador. Que no está sola. Y en silencio elevará una plegaria al cielo; por ella y aquel que, allá afuera en algún lugar del mundo, comparta su pena.

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