Relatos

Porque te amo | Relato

Un poquito de historia antes de empezar este relato.

Hace ocho años yo escribía más, demasiado. También le daba oportunidad a varias plataformas para publicar, una de ellas era Fictopia. Lamentablemente, no duro mucho aunque la idea me encantaba. La página ya no esta activa pero ahí se pueden leer y descargar las historias que subimos.

Una de mis historias es “Porque te amo“, fue un relato con el que gane un concurso interno de San Valentín. En algunas ocasiones lo he puesto de ejemplo para actividades, pero hasta yo sé que es un relato que necesitaba un lavado de cara. No una idea nueva, no, pero si reescribirse.

Así que eso es lo que leerán hoy, algunos conocen el relato y podrán apreciar lo que hacen casi diez años de diferencia, los que no y sea esta su primera vez acercándose a esta historia espero que no lo disfruten, espero que les duela. No esta pensado para ser un relato que te deje caliente el corazón, si no todo lo contrario.

Esta vez si incluiré una advertencia, cosa que no suelo hacer. Pero para aquelles que han pasado por una relación con abuso físico, procedan con precaución, ya que es la temática que aborda este relato.

Porque te amo

Nunca contradigas que a pesar de todo, te ama.
Pero sobre todo, lo más importante: Que nunca te deje de decir que te ama
-Delirios de Chimel

El día es claro y él se ha ido hace un rato. Cuando por fin sales de la ducha, tu vestido azul con olanes yace sobre la cama recién tendida. Has cambiado las sabanas por la mañana, las colchas están pulcras y desprenden el aroma floral de tu detergente favorito.


Tu hogar es silencioso, tranquilo y abrumadoramente perfecto con sus tonos claros en armonía. Deslizas suavemente los dedos por la superficie del tocador, tus uñas largas arañan la superficie, mientras dejas que la bata color durazno se resbale por tus hombros adoloridos hasta caer al piso con un golpe sordo.


No quieres abrir los ojos, sabes bien lo que encontrarás al verte en el espejo que está al lado derecho del mueble que tocas. No quieres ver como lentamente tu piel pálida se va coloreando de tonos violáceos enmarcando cada una de sus raudas caricias.

Pero debes abrirlos. No puedes vivir por siempre en la oscuridad. Tragas grueso y al dejar entrar la luz lentamente te observas. Recorres con la vista tus pies descalzos sobre la alfombra suave que has colocado esta mañana, te incomoda, sabes que debajo yacen los arañazos que dejó tu viejo jarrón al estrellarse contra el piso de la habitación.


De golpe, cierras los ojos; como si de solo pensarlo en tus oídos sonará el eco de su voz áspera gritándote: «¡¿Por qué no me comprendes?! ¡Lo único que quiero es que te calles!», mientras la porcelana estalla en pedazos a tus pies.

Cuando reúnes el valor para volverte a enfrentar al mundo, miras tus pantorrillas. No están tan lastimadas, no hay nada más allá de un par de arañazos poco profundos. Dejas que tu mirada vague por el resto de tu cuerpo, deteniéndote en la mancha rojiza que cubre el lado derecho de tu cadera, comienza a tornarse violeta. La rozas suavemente con la yema de los dedos. Duele.


En tus senos, algunas manchas están ya oscurecidas por la sangre molida debajo de tu piel. Un gemido escapa de tus labios al acariciar uno de ellos, imaginando que esos golpes violentos sobre ellos fueron una caricia llena de amor. Prendes tu pexòn entre tus dedos y duele, pero no quieres pensar en ello si no en el estremecimiento de expectación que te recorre.


El reflejo de tu rostro en el espejo te devuelve la imagen de tus labios hinchados y ojos cansados, tristes, con las pupilas dilatadas por el miedo o la excitación de ver tu propio cuerpo desnudo frente al espejo.


Tocas tu pómulo izquierdo, hoy no se hinchara aunque esté sonrosado. «Nada que el maquillaje no pueda cubrir», piensas cuando terminas el recuento de los daños. Te sientas en el banquillo de la cómoda y prestas mayor atención a tu rostro. Frente a ti, los botecitos de cosméticos parecen decirte «Escógeme a mi», hasta que tomas uno alargado de color suave como tu piel. Lo abres y vacías un poco de su contenido sobre tus dedos, lentamente lo esparces sobre tu rostro suspirando.


Dedicas una hora de tu vida a la tarea y cuando terminas, no queda rastro del carmín que han dejado sus manos rudas. Esa manos que cada noche recorren tu piel y abren tus piernas al amanecer mientras sus dientes se entretienen mordisqueando tus senos. Manos que así como te penetran con pasión de madrugada, estrujan tus brazos y se enredan en tu cabello cuando azota tu cabeza contra la pared susurrándote al oído con voz alcoholizada «Te quiero».


Recuerdas y en tus ojos se percibe el inicio del llanto, mientras tomas tu lápiz labial favorito. Tiene un tono rojizo que recuerda a las fresas con las que, alguna vez, ese hombre con el que compartes hogar acaricio tu piel al tiempo que susurraba palabras de amor, envolviéndote con su labia.


La memoria te lleva de la mano a las épocas pérdidas en que los “te amo” eran dichos a media voz, las caricias eran suaves y habrías las piernas para recibirlo entre ellas en cuanto le escuchabas llegar tarde del trabajo y lo sentías reptar por la cama para posarse sobre ti. Esos eran tiempos de amor febril, tan real que casi lo podías tocar.


¡Basta! ¿¡Qué estás pensando?! ¡Su amor aún es real! aun te toca. Tal vez, no suavemente pero todos los días regresa y se cuela entre tus piernas, aunque cada vez te cueste más abrirlas para recibirle.


Puede que ya no te regale flores cuando es un día especial, pero siempre encuentras un ramo gigante en la sala cuando ha tenido un mal día. Sobre todo después de que te acorrala contra los muros y dedica minutos enteros a apretarte los senos hasta dejarlos marcados, mientras te escupe palabras empalagosas al oído. Palabras que te saben a miel a pesar del dolor y odio que nublan su mirada.


Tomas una sombra oscura para tus ojos y mientras la aplicas comienzas a rememorar con la respiración entrecortada el día en que, mientras te duchabas, entró furioso y sin ningún tipo de miramientos te estampo contra el azulejo húmedo, penetrándote sin compasión. Esa tarde, tu ojo ganó un moratón y él en sus palabras: el mejor de los orgasmo de su vida. Y se lo diste tú.


Esbozas una sonrisa, lo amas. Vives para complacerlo, no te importa tener que cubrir día a día tu rostro con maquillaje o usar mangas largas bajo el calor del verano para ocultar sus dedos marcados en tus brazos. Ríes. Tu risa es cálida y se ve interrumpida por el dolor. No lo sentías, pero el esfuerzo de reír te ha hecho sentir. Probablemente te has lastimado una costilla al golpear en el buró.


Con esa risa efímera tus ojos han cobrado vida, el maquillaje realza tus facciones y compruebas la ausencia de marcas en la piel. Te pones de pie e ignorando el dolor que te provoca alzar los brazos, bailas de puntitas y en círculos por toda la habitación. Siempre te ha gustado bailar. Antes él bailaba contigo.


Tarareas una melodía mientras tomas una sabana del armario y te envuelves en ella. Das vueltas enredada entre la tela blanca. Se te hace difícil mantener el aliento, por ello cuando no puedes más, adolorida, dejas tu cuerpo caer en la cama mullida. Tu cabello alborotado y húmedo queda debajo de ti, provocándote un escalofrío.


Contemplas el techo pensando en lo mucho que le quieres, le amas. No te importa si cada noche su rudeza te lastima porque al amanecer te cubrirá con flores. Decides que no importa si esta con otra por las mañanas, porque al salir la luna llegará a besarte hasta hacerte sangrar. Te aferras a la idea de que no te importa lo que haga contigo mientras no deje levantarte del suelo al que te arroja para aventarte sobre la cama, susurrándote suavemente que te ama.


Y tú, tú lo amas con locura. No hay nada para a ti fuera de las cuatro paredes en que vives, no hay nada más para ti que su aliento sobre tu piel herida, no hay nada más para ti que sus manos recorriéndote y su voz diciéndote en un gruñido ahogado: «Ábrete, cállate y gime para mi porque… te amo».

2 comentarios en “Porque te amo | Relato”

  1. Tan real como doloroso ¡Felicidades por el triunfo del pasado! Lo mereces nuevamente, pero como no hay concurso o premio te doy la ovación.

    Como lo escribes me malluga el corazón, tan encantador que me costó entenderlo a la primera, como solo un amor de esta clase nos vuelve, ciegos.

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